Entrada destacada

viernes, 27 de enero de 2017

Un patrimonio muy particular

Nací sin patrimonio, lo mismo que Cayetano Martínez de Irujo. 
Cayetano sufriendo su pobreza con resignación cristiana

Se lamenta Cayetano de que su hermano mayor se ha quedado a la muerte de la duquesa de Alba con el grueso del patrimonio familiar, dejándolo a él poco menos que en la indigencia, pero se contradice el noble cuando manifiesta en la revista Hola que “el capital que la gente se piensa que tenía la Casa de Alba y que lo tendría en la época de mi padre, pues se ha ido manteniendo ese patrimonio, mejorándolo, reconstruyendo un palacio, etc, y ha salido todo de las arcas privadas de la Casa de Alba”. Pobrecitos.  Pudiera deducirse que también el primogénito se ha quedado sin un euro, pero en ese caso, ¿de qué se queja? 





Resulta duro ser rico patrimonialmente hablando, porque al parecer, el patrimonio acaba fagocitando todo tu capital y en pleno siglo XXI un noble necesita efectivo en el bolsillo para no pasar por gorrón y pagar los gastos del yate y la alfalfa de los caballos y la gasolina del Porsche y los Vega Sicilia del almuerzo. Pero lo que más desequilibra el presupuesto de un noble, son los gastos de palacio. No sabemos los plebeyos lo que cuesta mantener la servidumbre, regar el césped, mantener las piscinas, alimentar los caballos; y eso sin contar con otros gastos imprevistos: que si hay que restaurar el Goya del salón, que si el jarrón Ming se ha desborcillado, que si la crestería del Palacio de Monterrey está aquejada del mal de la piedra….., en fin, pobrecita nobleza. Con razón se queja Cayetano. Aunque no debe saber que si la nobleza instituyó la ley del mayorazgo en las cortes de Toro de 1505, fue precisamente para no dividir el patrimonio y que fincas, dehesas y casas solariegas no acabasen del tamaño de un huerto familiar en el devenir del tiempo. Eso le hubiese restado mucho lustre a la nobleza. De ahí que muchos de sus segundones pasaran, en tiempos pretéritos, a formar parte de la iglesia, que es otra institución cuyos miembros tampoco tienen patrimonio. Solían aterrizar en tan sacra institución en calidad de obispos o de abades, no de clérigos rasos, que por algo venían avalados por la fortuna familiar, que para estas cosas daba bastante juego. Una vez alcanzada la mitra episcopal, puedes dedicarte a vivir la vida igual que si tuvieses patrimonio, aunque siempre y cuando dejes claro a los demás que eres pobre de solemnidad.  Por ejemplo, ahí tenemos al ínclito Rouco Varela, purpurado eclesiástico con voto de pobreza, que habita un ático de 370 metros cuadrados en el centro de Madrid. Otro, que al igual que Cayetano y yo mismo, tampoco tiene patrimonio. Éste, por no tener, ni siquiera tiene matrimonio, pues la clerigalla no se casa.  Para mantenerlo (al patrimonio) a salvo de herencias y particiones, la iglesia instituye la obligación del celibato, así, no habiendo hijos legítimos, ni esposas despechadas, no hay problema. Lo que ocurre, que con el cuento de que todos somos hijos de dios, patraña de la misma naturaleza que la de los votos de pobreza y castidad, la santa madre iglesia en connivencia con el Estado, se las arregla cada año para que seamos todos nosotros, es decir, los hijos, los que corramos con los gastos que sean necesarios para el mantenimiento de los bienes de ellos, es decir, los padres. A esto se le llama Concordato, y en efecto, las cosas concuerdan. Técnicamente, el patrimonio pertenece a la Iglesia, no a sus purpurados representantes, que únicamente gozan del usufructo de los bienes en esta miserable vida terrenal, por lo que para completar la jugada, aquellos contribuyentes que colaboramos en la conservación de su patrimonio artístico, hemos de pagar además un óbolo si queremos contemplarlo. En román paladino: Que quieres visitar una catedral, paga primero; que ver el museo eclesiástico, pasa por caja; que admirar el retablo, enciende una vela a Santa Eufrasia. Pero, ojo: que el artesonado tiene humedades, que lo pague el Estado; que el retablo está ahumado de tanto cirio, que lo restaure Patrimonio Nacional y así sucesivamente. Mientras tanto, la cristianísima iglesia nos aligera de la pesada carga de la posesión de bienes materiales, poniendo a su nombre ermitas, humilladeros, eremitorios, oratorios, mezquitas, sinagogas, terrenos comunales y demás propiedades públicas ante la pasividad del Estado, que mira hacia otro lado mientras unos pocos engordan su patrimonio a costa nuestra. Y por si acaso no estuvieran satisfechos, los exime de pagar impuestos. Porque tienen la gracia divina. 
El patrimonio es una milonga: Humildad y austeridad.

Total, que no habiendo nacido primogénito nobiliario, teniendo nulas ocasiones de emparentar con el duque de Alba y descartada también la posibilidad de contraer matrimonio con un obispo, la única manera que me queda de hacerme propietario artístico, es seguir tragándome aquello de que el patrimonio es del estado y por ende, nos pertenece a todos. Pues nada, a seguir pagando, que para algo Hacienda somos todos, hasta que el día menos pensado me harte y me ordene cura, o mejor obispo, que me gusta mucho el chocolate con picatostes y estar rodeado de viudas ricachonas que me lisonjean y me besan la mano, o sea que se podría decir que los hábitos episcopales los tengo. La barriga la consigo en cuanto comience a desprenderme de todos los bienes terrenales para dedicarme en cuerpo y alma a la gestión de los de la Santa Madre Iglesia.  Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada