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sábado, 28 de enero de 2017

"Educar la identidad familiar para fomentar la valoración del patrimonio"



 

EDUCAR LA IDENTIDAD FAMILIAR PARA FOMENTAR LA VALORACIÓN DEL PATRIMONIO
Esperanza Samaniego García
Sumándome al emocionante proyecto colaborativo «Vivimos nuestro patrimonio» impulsado por Mª Adela Camacho Manarel, directora de mi centro educativo, me propuse plantear una experiencia educativa con el grupo del que soy cotutora, 3º de PMAR del IES Las Lagunas. Quería que tomaran contacto y reflexionaran sobre su patrimonio familiar para contribuir a asumir su identidad, forjada con múltiples referentes patrimoniales históricos, sociales y culturales comunes, así como singulares. 
Las oportunidades educativas que ofrece el ámbito escolar para abordar el tema del patrimonio e identidad, lo convierte en un escenario estratégico para alcanzar los propósitos que me planteaba. Como señala Adela Camacho en el documento de presentación de este proyecto, «el patrimonio representa nuestra riqueza colectiva, nuestra identidad cultural, nuestra aportación a la civilización».
Mi punto de partida fue que el alumnado indagara en primer lugar sobre el término «patrimonio». Para mi sorpresa, la casi totalidad lo desconocía; solo un par de alumnos señalaron que les sonaba de la asignatura de Historia (¡estaba segura de que lo habían trabajado durante la escolaridad!). Tenía claro que debía empezar entonces por ahí, pues «lo no nombrado, no existe». Era preciso buscar información sobre el concepto de partida. Pedí entonces a los alumnos y alumnas que investigaran qué significaba. Para ello podían utilizar cualquier fuente, si bien les recomendé que prioritariamente preguntaran a algún miembro de la familiar o lo consultaran a algún docente.
La primera actividad que planteamos en el grupo después de la pequeña investigación fue la realización en clase de una lluvia de ideas sobre el término patrimonio. En la imagen que acompaña este texto están las palabras que se expusieron en un primer momento. El concepto se enriquecía... ¡Íbamos por buen camino! 
También yo indagué sobre el origen etimológico de la palabra, poniendo en valor al alumnado el gran legado latino de nuestra lengua. Someramente les expliqué a los alumnos y alumnas que la palabra «patrimonio» viene del latín «patri» (padre) y «monium» (recibido), que significa «lo recibido por línea paterna». 
El concepto de patrimonio se remonta al derecho romano temprano, donde constituía la propiedad heredable de los patricios, que se transmitía de generación en generación y a la cual todos los miembros de una familia tenían derecho. Lo curioso es que el dominio de esa propiedad no era de ningún individuo en particular, sino de la familia como tal. Y a través de las generaciones dicha familia podía disponer de los bienes libremente, pero estaba bajo la obligación de preservarla y aumentarla en la medida de lo posible. Como es conocido, la gestión de estos bienes la llevaba a cabo el «pater familias», término que ha calado en las sociedades occidentales, eminentemente patriarcales.
El término «bienes culturales» iba cobrando fuerza en el concepto de patrimonio del alumnado, el que definimos de forma sencilla como un conjunto de bienes, tanto materiales como intangibles, acumulados a lo largo del tiempo. Por supuesto, estos bienes podían tener múltiples manifestaciones: artística, arqueológica, documental, científica… pero también podían ser naturales, espacios naturales que por su valor histórico o ecosistema debían ser protegidos.
Les hice ver que las entidades que identifican y clasifican determinados bienes como relevantes para la cultura de un pueblo, de una región o de toda la humanidad velan también por la protección de esos bienes, de forma que sean preservados para generaciones futuras, como legado para ser vivido y sentido, pero también como legado para ser cuidado y difundido.
Someramente les expliqué en ese momento que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) adoptó la Convención sobre la Protección del patrimonio Cultural y Natural en 1972, cuyo objetivo fue promover la identificación, protección y preservación del patrimonio cultural y natural considerado especialmente valioso para la humanidad. Salió entonces el reciente ejemplo de los Dólmenes de Antequera (2016).
Continuamos con varios ejemplos de patrimonio natural y cultural de valor excepcional. Hicimos entonces una lista poco exhaustiva de los monumentos patrimoniales más relevantes de la provincia y comunidad autónoma. Tenían en mente los museos artísticos más representativos de Málaga (Picasso, Thyssen, Pompidou), monumentos históricos (Alcanzaba, Teatro romano, los Dólmenes de Antequera), pero les resultaba más complicado concretar sitios de valor natural. No obstante, lograron señalar varias sierras y parques naturales de la provincia (los Montes de Málaga, la Sierra de las Nieves, Sierra Bermeja, los parajes del Torcal de Antequera).
Así llegamos a una diferenciación de los niveles del patrimonio: además del  mundial, el nacional y el regional o local, también podíamos incluir el familiar. Todos los alumnos y alumnas eran más o menos conscientes de que habíamos recibido una herencia cultural que se transmite generacionalmente.
Me interesaba explicarles que la UNESCO amplió el concepto de patrimonio en el año 2003, año en el que recogió y, paradójicamente, visibilizó el concepto de «patrimonio cultural inmaterial». Este fue definido como los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas –junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que son inherentes- que las comunidades, los grupos y, en algunos casos, los individuos reconocen como parte de su patrimonio cultural. Un ejemplo paradigmático para el alumnado de este tipo de patrimonio es el flamenco, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2010.
El alumnado ya tomaba conciencia de que no todo el legado trasmitido era tangible. Esta era una idea central. Poco a poco, me iba acercando a ese concepto de patrimonio cultural inmaterial. Dicho patrimonio, trasmitido de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad, y contribuyendo a promover el respeto a la diversidad cultural y la creatividad humana.

El paso siguiente de la experiencia educativa era ayudarles a comprender que las personas y sus comunidades constituyen el verdadero patrimonio cultural. Y estas, a su vez, son depositarias de ese patrimonio, y son las que tienen la obligación moral de protegerlo, recrearlo y disfrutarlo como uno de sus derechos fundamentales. 
El patrimonio se convierte de esta forma en la fuente de nuestra identidad personal y social. La finalidad educativa de la reflexión sobre el patrimonio cultural familiar es la de fomentar el conocimiento y valoración de «nuestro patrimonio particular», para desarrollar una conciencia más profunda de nosotros mismos y comprender la riqueza del patrimonio de los demás. Aprender a respetar el patrimonio familiar posibilita una puerta al diálogo y convivencia con los demás. 
Este dialogo resulta fundamental para la configuración de nuestra identidad. Esta se construye subjetivamente en un proceso de intercambio y comparación en el que se lleva a cabo la toma de conciencia de las diferencias y similitudes con los demás. Por ello, la propuesta educativa con el alumnado para fomentar la conciencia del patrimonio familiar –constituido por aquellos bienes muebles, inmuebles y objetos valiosos así como las tradiciones, apellidos y rasgos característicos que distinguen a su familia de otras- ha sido algo tan sencillo como proporcionar el espacio y cuidar el ambiente para contar su propia historia. 
Les pedí en primer lugar que escribieran su propia autobiografía, incluyendo tanto la historia personal (cuándo y dónde nacieron, los hermanos y las hermanas, los hechos significativos de la infancia…) como la de su familia (sus tradiciones, costumbres, anécdotas, curiosidades, etc.); segundo, que crearan un árbol genealógico con, al menos, tres generaciones. Quise que los realizaran de manera individual en casa (con el propósito de que pudieran indagar con su familia sobre su familia y promover el diálogo sobre el legado familiar y la historia de los antepasados). Por supuesto, dejé al margen el tema de los bienes del patrimonio familiar. Iba de lleno a ese legado intangible más o menos conocido y reconocido por ellos.
El desarrollo de la actividad en el aula consistió en el intercambio de esas peculiaridades familiares que constituyen el patrimonio cultural inmaterial familiar para la toma de conciencia de esa también particular identidad que les diferencia y, a su vez, los identifica con las demás porque también comparten un patrimonio local, nacional y mundial. 
La mayoría de alumnos y alumnas trajeron elaborado con esmero para la sesión de tutoría su árbol genealógico. La casi totalidad incluye a sus bisabuelos (¡para mí sorpresa algunos viven todavía!), y hay quienes —en su labor investigadora— van más allá y recogen a sus tatarabuelos y tatarabuelas. Comenzamos hablando de los nombres puestos en la familia y de cuánto se repiten en la genealogía. En esta generación las repeticiones son algo menos frecuentes. Hay algún nombre moderno. Reflexionamos sobre lo que conlleva recibir esa herencia nominal. En general, les gusta llevarlo; les aporta sentimiento de pertenencia a la familia, pero también les pesa. 
Alumnos y alumas de 3º PMAR

A continuación, hablamos del número de hijos e hijas habitual en cada generación (¡qué disminución tan drástica en la mayoría de los casos!) así como de las profesiones y enfermedades que se repiten. Entre las profesiones más habituales señalan las de pintor/a, agricultor/a, peluquero/a, docente y abogado/a. Entre las enfermedades más repetidas o hereditarias, se mencionan las cardiopatías, las alergias y el cáncer.

Son pocos quienes elaboran de forma previa el documento personal sobre el patrimonio familiar. Abrimos el espacio tímidamente leyendo estos textos. Enseguida pasamos a la expresión oral libre y se animan progresivamente a participar. Abordamos en primer lugar los orígenes geográficos de la familia. Un significativo número de casos de casos tiene antepasados emigrantes de Francia y, de forma más escasa, de Marruecos y de Alemania. Casi ninguno sabe el idioma del país extranjero (han nacido y crecido en España) pero valoran su conocimiento, entre otros motivos, para poder mantener vínculos con sus familiares extranjeros (¡qué buena ocasión de viajar!). Hay quienes proceden de otra provincia (Córdoba y Sevilla) y se han afincado aquí. Los movimientos geográficos se han debido sobre todo a la búsqueda de trabajo.

El tema gastronómico es muy bien acogido  entre el alumnado. Todas "las casas" tienen sus especialidades: el arroz, la paella o el perol, el puchero, las croquetas, la tortilla de patata, el cordero o pastel de carne... casi siempre de la abuela, del abuelo o de su madre. Se aprecia poca disparidad culinaria. La diferencia básica se basa en los platos empleados en la celebración de fiestas religiosas (la gran mayoría del alumnado es cristiano pero una minoría es musulmana). Entre los postres, destacan las rosquillas, el flan y los pestiños.

Abriendo paso a los temas de más intimidad, comentamos algunas tradiciones de las familias. Patricia afirma que "una tradición de mi familia es comer siempre los domingos paella". De manera similar, Iván señala que “los fines de semana nos reunimos todos en el campo para comer”. Lucía explica que “su familia siempre que puede  se va al campo”, y añade que “somos una familia muy unida”. Alejandro comenta que, “sobre todo los veranos,  se reúnen en el campo de su abuela Nati”. Estos encuentros entre los miembros de la familia extensa son habituales, sobre todo, en días de fiesta, donde la comida y la bebida cobran protagonismo. En algunos eventos se baila y canta, como es el caso de la familia de Alba, que nos cuenta que “cuando hay una boda, normamente por parte de la familia de mi padre, los hermanos de mi madre cantan”.

Preguntando sobre los valores que explícitamente les transmite la familia, a la mayoría les recomiendan esmerarse en los estudios para formarse y conseguir un buen trabajo. Nos damos cuenta, al respecto, de que ningún abuelo ni abuela ha cursado estudios postobligatorios. Pensamos en las nuevas oportunidades que se les brindan. Natalia señala que a ella le aconsejan que sea económicamente independiente. Este es un valor también habitual transmitido en esta generación a  las chicas. Ellas tienen expectativas de trabajar y no de ser en exclusiva amas de casa. La mayoría se visualiza compatibilizando la vida familiar y laboral en el futuro. Vemos, así pues, que ciertos aspectos van cambiando de generación a generación y que todas las familias, sin excepción, tienen un sello propio, una sentido de pertenencia.

Concluyo subrayando que ha sido precioso escuchar sus historias y que me siento honrada de que las hayan compartido. Me siento afortunada de haber podido dar ese espacio en las sesiones de tutoría a las voces de las familias del alumnado, las cuales hemos escuchado con mucha curiosidad y profundo respeto. Después de todo y en consonancia con la Pedagogía sistémica, detrás de cada alumno y alumna están su padre y su madre, sus antepasados, su historia y su contexto sociocultural. Tomar conciencia de ello enriquece nuestra mirada del alumnado y legitima el lugar tan privilegiado de las familias en nuestra conjunta labor educativa.

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